La decisión de ser madre.

Estamos festejando el día de las madres y esta es una fiesta en la que todos los que tenemos la fortuna de vivir tenemos alguien a quien festejar, porque de no ser por ella, y por nuestro padre, no estaríamos aquí y la festejamos porque tenemos mucho que agradecer, desde su disposición de transmitirnos la vida, hasta los innumerables momentos y situaciones en que de ella hemos recibido atención, cariño, ayuda, ternura, en una sola palabra, amor.


La maternidad es para la mayoría de las mujeres la experiencia más intensa y enriquecedora de su crecimiento y realización personal. No puedo pensar en nada que produzca un bien mayor para el individuo y para la sociedad que el de dar la vida y sostenerla física, emocional y espiritualmente a lo largo de muchos años, hasta ver llegar a la plenitud del desarrollo personal a cada hijo.


La maternidad no puede darse sin la paternidad. De hecho, de la aportación de cada uno es que puede surgir la nueva vida humana. Pero es necesario que el padre permanezca siendo corresponsable del crecimiento y desarrollo del hijo engendrado.


No cabe duda, la decisión de ser madre y padre, es una vocación que llena de contenido la vida de las personas y que no se contrapone con la vocación laboral o profesional; por el contrario, éstas se complementan mutuamente, porque los hijos son el mejor motivo para esforzarse intensamente en el trabajo y éste es el medio para proporcionar a los hijos todo lo necesario para su crecimiento y desarrollo.


Para quienes hemos sido madres, los hijos llenan nuestra vida, nos hacen crecer en la capacidad de amar. Todas las madres han tenido la experiencia, cuando esperan un segundo hijo, de no estar seguras de que podrán querer a este igual que al primero, y todas comprueban incluso antes de su nacimiento, que su capacidad de amar se ensancha y que el amor que le dan al nuevo hijo en nada ha disminuido el que tienen al primero. La razón es que el amor, al ser un bien espiritual, no funciona como los bienes materiales que al repartirlos se agotan. El amor, por el contrario, cuanto más se reparte más crece la capacidad de amar.


La maternidad/paternidad son, además, un invaluable bien social. La labor de los padres que se responsabilizan de la crianza, atención, educación y formación de sus hijos como hombres y mujeres íntegros, están construyendo con cada hijo una mejor sociedad para el futuro.


El Estado debería reconocer el valor de la maternidad/paternidad y apoyar con políticas públicas, no sólo a las familias en situación crítica, sino también a las familias que contribuyen a la construcción de la ecología social, formando a sus hijos como personas con ecología humana.


María Teresa Magallanes Villareal

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